Trauma relacional en la infancia: cómo afecta a tu vida adulta y por qué no es demasiado tarde para sanar
Acabas de nacer y todo está por construir. Llegas al mundo como un cuaderno recién comprado, con las páginas en blanco, preparado para albergar una novela de ficción, recetas de cocina o el diseño del próximo transbordador espacial.
De acuerdo, no vienes completamente en blanco, cuentas con una “base genética” que predispone. Este cuaderno tiene una cantidad determinada de hojas, un tamaño, un material… También nosotros contamos con un temperamento más introvertido o extrovertido, una mejor predisposición para las habilidades artísticas o mayores probabilidades de tener un alto C.I… Contamos con una predisposición.
La combinación entre esa predisposición y las experiencias que vivimos, moldearán la persona en la que llegaremos a convertirnos. Y quédate con este dato: “hasta un 80% de los patrones que definirán cómo nos relacionamos se harán en los 5 primeros años de vida”.
¿CÓMO CONSTRUIMOS LOS PATRONES DE RELACIÓN O “APEGO”?
Nacemos con dos tipos de necesidades básicas: EXPLORACIÓN y CONEXIÓN. Pero no nacemos con la capacidad de atender estas necesidades, si no que son nuestros cuidadores, los adultos al cargo, los que tendrán que atenderlas, y la forma en que lo hagan, o no lo hagan, establecerá la base de las expectativas de ese niño: qué puedo esperar de mí mismo, de los demás y del mundo. Así como los patrones de comportamiento para relacionarse consigo mismo, con los demás y con el mundo.
Las necesidades de exploración tienen que ver con nuestra curiosidad por lo que nos rodea. Necesitamos relacionarnos con otros, entender porqué sucede lo que sucede, probarnos a nosotros mismos, disfrutar, competir, aprender, cambiar… Cuando los adultos que nos cuidan potencian nuestra curiosidad, nos animan a probar, nos transmiten confianza y nos dan la mano para experimentar, esto es lo que ocurre:
- Desarrollamos expectativas positivas: el mundo puede aportarnos cosas buenas, las relaciones con los demás pueden ser “nutritivas”, puedo lograr muchas de las cosas que me proponga.
- Desarrollamos un sentido de autoeficacia sano: aprendo a reconocer mis recursos y limitaciones, mi margen de aprendizaje y a confiar en mi capacidad. Me doy la oportunidad para intentarlo y aprendo de cada intento.
- Cultivo áreas significativas para mi, coherentes con valores. Actúo en base a mi propio criterio y construyo una vida que me satisface.
Las necesidades de conexión tienen que ver con nuestra capacidad de reaccionar y sentir frente a lo que sucede, así como a nutrirnos de la conexión y el afecto de los demás. Sentimos tristeza cuando sufrimos una pérdida, nos enfadamos cuando vivimos una injusticia, tenemos miedo cuando detectamos peligro, nos reconfortamos en el abrazo del otro, nos calmamos con las palabras de los que nos quieren y nos sentimos protegidos por quienes nos anteponen.
Cuando los adultos que nos cuidan nos miran, ponen a nuestra disposición su tiempo y atención, escuchan sin juzgar lo que sentimos y abrazan nuestra incomodidad, esto es lo que sucede:
- Aprendo a entender lo que siento, por qué lo siento y para qué lo siento.
- Aprendo a regularme, a ayudar a otros a sostener sus emociones y a calmarme con otros.
- Aprendo a pedir lo que necesito, poner límites y buscar conexión.
Un dato alentador es que no necesitamos que nuestros cuidadores hayan sido perfectos, solo “suficientemente buenos”. Con que nuestros cuidadores fueran capaces de ver y atender un 30% de las ocasiones estas necesidades, es suficiente para que desarrollemos un patrón de apego bastante seguro y nos convirtamos en adultos sanos con relaciones sanas.
¿QUÉ OCURRE CUANDO HAY NECESIDADES QUE NO LLEGARON AL 30%?
Algunas de nuestras necesidades van a despertar en nuestros cuidadores lo que llamamos “música de tiburón”. Lo llamamos así porque recuerda a ese momento de la famosa película en la que la música nos pone en tensión aunque no podamos ver el peligro real.
Pues bien, algunas de nuestras necesidades sanas, de exploración o de conexión, van a despertar incomodidad en nuestros cuidadores porque tocan heridas que ellos traen de su propia historia. Y aunque nuestra necesidad es segura y válida, nuestro cuidador no podrá sostenerla y atenderla, si no que rápidamente tratará de contrarrestarla para aliviar esa incomodidad.
Cuando esto sucede, nuestro sistema resuelve aprendiendo que esa necesidad no es segura porque me desconecta de mi cuidador y buscará la forma de reconectar con esa persona. Ten en cuenta que cuando somos niños, el vínculo con nuestros cuidadores es lo más importante puesto que dependemos de ellos y nuestro sistema lo sabe.
Cuando las necesidades de exploración son las que activan la incomodidad en los cuidadores, nuestro sistema aprenderá a anularlas y buscar la conexión. Veamos algunos ejemplos:
- Cuando me relaciono con otros, mi madre se muestra dolida y me dice que ya no la quiero ni quiero pasar tiempo con ella.
- Cuando se despierta en mí la curiosidad por algo que sucede y pregunto, mi padre comienza con un sermón eterno porque “quiere que sea el más listo y lo entienda todo”.
- Cuando tengo ganas de probarme a mí mismo, superarme, mi madre me previene: “no quiero que te decepciones, deja que te ayude, es demasiado difícil”.
- Cuando estoy disfrutando, segregando endorfinas por todos los poros, mi padre se enfada: “pierdes el tiempo, eso no te llevará a nada, eres un irresponsable”.
Cada una de estas experiencias son momentos en los que una necesidad segura se convirtió en una fuente de malestar. Y cada una de ellas contribuyó a desarrollar defensas para que no apareciese de nuevo ese malestar. Veamos algunas de las consecuencias que podrían aparecer en la vida adulta de los ejemplos que hemos visto:
- Siempre digo que no cuando mis amigas quedan a no ser que también vayanse parejas. No me siento bien si salgo con amigas y mi pareja se queda en casa, siento que le dejo solo, aunque él nunca me ha dicho que se sienta así.
- Cuando se habla de un tema interesante, tiendo a quedarme escuchando y, a no ser que sepa muy bien de lo que hablo, no doy mi opinión y jamás pregunto si tengo una duda, temo que piensen que no sé nada.
- Llevo años quemado en el mismo trabajo, no es horrible, pero no me genera ningún tipo de ilusión. No busco otra cosa porque sé que no estoy preparado para nada y, aunque lo estuviera, seguro que el nuevo trabajo sería peor.
- Siempre estoy haciendo cosas productivas, si descanso o “pierdo el tiempo” me siento muy culpable. Solo me permito descansar un poco después de un gran esfuerzo.
Cuando las necesidades de conexión son las que activan la incomodidad en los cuidadores, nuestro sistema aprenderá a anularlas y buscar la exploración. Veamos algunos ejemplos:
- Cada vez que vuelvo a casa del colegio “apagado” o triste por no haber tenido un buen día, mi madre me dice: “A ver dónde está esa sonrisa tan bonita. Eres la alegría de la casa, no quiero verte triste”.
- Mi padre me dice que no puedo jugar más porque es hora de dormir, pero yo quería seguir jugando y me he enfadado, no he podido evitar expresar que me parecía muy injusto, que casi no había jugado nada en todo el día. Pero entonces mi padre se ha puesto a gritar diciéndome lo irrespetuoso que soy, que soy un maleducado y un desagradecido, que debería dar gracias de tener juguetes y tiempo para jugar.
- Me encanta que mi madre descanse de tanto trabajar y se siente conmigo en el sillón y veamos un rato juntos la tv abrazados. Pero muchas veces se lo pido me dice que soy un pesado, que tiene que trabajar y no puede perder el tiempo.
- Me aterra dormir sola en casa de la abuela, pero mis padres dicen que soy muy valiente y que se sienten muy orgullosos de que no me haya quejado en toda la noche, así que he estado en silencio bajo la sábana sin dormir hasta la hora de levantarme.
En este caso, el sistema aprenderá que las necesidades de conexión no son seguras o bienvenidas, y aprenderá a dar señales de exploración en lugar de conexión. Veamos algunos ejemplos en la vida adulta como consecuencia de estas experiencias:
- Me gusta llegar a casa después de un mal día porque sé cómo dejar todo a un lado y disfrutar con mi pareja de un plan divertido. Por alguna razón, duermo muy mal desde hace años y, al levantarme siento un nudo en el estómago antes de ir al trabajo; pero estoy bien, soy una persona muy positiva.
- Por más que lo sé y lo intento, me cuesta horrores poner límites o enfadarme. Evito el conflicto, incluso cuando alguien hace algo que me molesta mucho, me lo trago y soy incapaz de decir nada.
- Me molesta que mi pareja no tenga gestos de cariño pero reconozco que nunca lo pido. Se que es injusto que me enfade y me aleje para que se vea obligado a venir detrás, pero me sale solo. Ojalá poder simplemente acercarme o pedirle ese acercamiento.
- Todo el mundo me dice que he llevado la pérdida de mi madre muy bien, que es admirable la fuerza que he tenido, y la verdad es que creo que he sido muy fuerte, yo misma me he sorprendido. Temo estar un poco anestesiada y he empezado a tener algo así como ataques de ansiedad.
Estos son solo algunos ejemplos y, por supuesto, la relación entre las experiencias en la infancia y la forma en que reaccionamos en la adultez es una relación compleja en la que intervienen muchos factores. Sin embargo, es ampliamente estudiado que esas experiencias en una etapa en la que el cerebro es altamente moldeable tienen un impacto enorme.
¿HAY MARGEN PARA LA ESPERANZA?
La buena noticia es que la neurogénesis y la plasticidad neuronal se alargan prácticamente durante toda nuestra vida, es decir, nunca es tarde para reaprender.
Sería algo muy parecido a aprender un idioma. Existe una ventana de oportunidad potentísima en la infancia para aprender un idioma, lo asimilamos de una forma natural y desarrollamos un dominio perfecto de ese idioma si desde que nacemos estamos rodeados de ese lenguaje. Aún así, siempre puedo aprender un idioma nuevo e incluso llegar a dominarlo con constancia y entrenamiento, tenga la edad que tenga.
Pues bien, en esto consiste la terapia, en reaprender, en enseñar al sistema lo que no tuvo oportunidad de aprender. En tomar consciencia de porqué actúo como lo hago y dar gracias a mi sistema por protegerme de la forma en que lo hizo. En ser consciente de cuando en el presente soy yo quien escucha la música de tiburón y poder parar, poder elegir no seguir el automático si no la seguridad.
Y tal vez nunca sea bilingüe de ese nuevo idioma, pero tendré ese 30% que dará a mis hijos una oportunidad de desarrollarlo, y me daré a mi mismo ese 30% que me permitirá vivir y relacionarme de una forma más sana, más flexible, más coherente.
No se trata de ser perfectos, si no de ser “suficientemente buenos” para nosotros mismos y para los demás. Se trata de seguir eligiendo la seguridad cada día, aunque habrá muchas veces que caeré en ese 70%, pero me daré cuenta y podré reparar y aprender, y eso también es elegir la seguridad.