Ansiedad laboral
¿Qué tiene que ver la ansiedad laboral con el apego y el trauma?
Si tienes ansiedad por el trabajo, es posible que hayas pensado, analizado y buscado de sobra qué aspectos te disparan el malestar: la exigencia, los horarios interminables, la sobrecarga, la actitud de tu compañero... Y probablemente has intentado gestionarlo de diferentes formas, con una actitud más positiva, con mayor distancia, con otra perspectiva... Nada ha funcionado, siempre acabas en el mismo punto. Y es curioso porque te pasa lo mismo aunque cambien las circunstancias: el jefe, los horarios, la carga de trabajo o los compañeros.
Por supuesto, una parte importante de cómo nos sentimos tiene que ver con factores externos, pero incluso la decisión de quedarnos o no en un entorno desfavorable depende de cómo hemos aprendido a relacionarnos con esos aspectos.
Y seguro que muchas veces has pensado: “Si yo fuese capaz de…” poner límites, organizarme, priorizar, pedir lo que necesito, tomar decisiones difíciles, relacionarme con los otros de forma más sencilla... Estas cosas que parecen tan simples pero son tan difíciles de llevar a cabo reflejan nuestros patrones de aprendizaje y nuestras heridas.
¿Qué aspectos de mi apego y mi historia pueden estar relacionados con mi ansiedad en lo laboral?
En el área laboral se ponen en marcha dos aspectos muy importantes: cómo me relaciono con el rendimiento y cómo me relaciono con los demás.
Con respecto a lo primero, el área del rendimiento es importante por dos motivos: porque necesitamos dinero para vivir y porque el ser humano necesita sentirse realizado. Desde pequeños nos enseñan cómo ser personas productivas, responsables, con metas y expectativas. Y esta enseñanza puede haber venido desde muchos lugares:
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“Tienes que ser el mejor”
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“No decepciones”
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“Sé una persona de provecho”
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“Sé un buen cabeza de familia y dales todo lo que merecen”
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“Disfruta de lo que haces”
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“Trabaja para vivir”
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“Vive para trabajar”
Estos aprendizajes hacen que nuestro trabajo tenga un significado u otro y que lo encaremos de una forma u otra.
En muchas ocasiones, la exigencia viene de fuera y es real que hacer menos me perjudicaría. Pero en otras, sé que podría hacer menos, sé que podría poner límites, sé que no pasaría nada si no trabajara el fin de semana, sé que no necesito ser el mejor empleado, y aun así lo hago y no puedo parar.
O, por el contrario, me cuesta no procrastinar, dudo de todo, pido ayuda aunque podría intentarlo, me rindo cuando algo se complica, doy por hecho que jamás lograré lo que sueño.
Lo he visto muchas veces en consulta: personas quemadas que, cuando les preguntas por alternativas, responden: “No busco, ¿para qué? No lo encontraré. No valgo para nada más. Me pasará lo mismo en otro lugar.”
Por otro lado, están las relaciones sociales. Incluso en trabajos solitarios, nos vemos obligados a relacionarnos con personas que no hemos elegido y con las que debemos llegar a acuerdos, trabajar en equipo o convivir 8 horas al día. Estas relaciones pueden ser un aliciente o una pesadilla. Y de nuevo, aquí se activan nuestros patrones y nuestras heridas:
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Cómo me hace sentir la autoridad
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Si soy capaz de romper expectativas y decepcionar a otros
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Mi capacidad para equilibrar priorizarme y trabajar en equipo
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La necesidad de caer bien aunque sé que no estoy ahí para hacer amigos
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La energía que invierto en que los demás me vean de una determinada forma
¿Cómo puede ayudarme la terapia basada en apego y trauma?
Trabajar en el presente es importante y necesario, adquirir herramientas para poner en práctica en este ámbito y que me ayuden a gestionar el trabajo de una forma sana. Pero de nada sirve tener esas herramientas si soy incapaz de ponerlas en marcha.
Has hecho talleres de oratoria, has leído artículos y posts sobre asertividad, sabes cómo poner límites (lo haces genial mientras recreas la discusión en el camino a casa), pero cuando estás ahí, solo hay ansiedad, sientes que te bloqueas, te cuesta pensar y vuelves a hacer lo de siempre, con el mismo resultado.
Antes de poder poner en marcha estas valiosas herramientas, necesitas entender por qué haces lo que haces y qué hace falta para poder hacerlo de otra forma. Para ilustrarlo, te cuento tres casos diferentes:
1. Carmen
Carmen es la responsable más joven de su empresa. Tiene una carrera, dos másteres y ha perdido la cuenta de cuántos cursos, talleres y posgrados. Es una persona muy valorada, consultan sus decisiones y respetan su opinión. El problema es que le gustaría pasar más desapercibida, que le consultasen menos, que esperasen menos de ella. El miedo a meter la pata hace que siga formándose sin descanso, trabaja hasta tarde, nunca dice que no. Intenta llegar a todo y hacerlo perfecto, aunque sabe que debería delegar, poner límites y permitirse no ser impecable. Es incapaz. Hasta que un día colapsa y sufre una parálisis facial.
Exploramos el miedo a decepcionar y encontramos una historia de rechazo y juicio que marcó su infancia y adolescencia. La menor de dos hermanas, y la que no nació con altas capacidades, vivió a la sombra de la otra: “qué lista es tu hermana”, “aprende de ella”, “qué orgullo tener una hija tan lista”. Carmen descubrió que el esfuerzo podía llevarla lejos, estudió tres veces más y logró destacar. Pasó de ser “la menos lista” a “la más trabajadora”. Su valía quedó ligada a ser la mejor. Cuando trabajamos su autoimagen y pudo verse sin el filtro de su hermana, pudo darse permiso para mostrarse imperfecta, porque su valía ya no dependía de la perfección.
2. Manuel
Manuel es contable en una multinacional. Le encanta su trabajo y se concentra con facilidad. Su trabajo sería ideal si no tuviera que relacionarse con nadie. El café con compañeros es una pesadilla, las reuniones le generan ansiedad desde el día anterior y exponer algo le provoca pánico.
Manuel sufrió bullying durante un año en la adolescencia. Siempre le costó encajar y ese año fue una tortura diaria. Se siente cómodo solo, aunque le gustaría sentirse parte del grupo. Las situaciones sociales disparan una fuerte inseguridad, no sabe qué decir, se siente evaluado y teme que se rían de él o lo juzguen.
Reprocesar el trauma fue necesario para que Manuel pudiera sentirse más cómodo con la gente del trabajo. Dejar el pasado atrás para vivir el presente sin aislarse ni esconderse.
3. Marta
Marta es funcionaria. Le costó mucho llegar a donde está y valora la estabilidad económica. Viene de una familia con escasos recursos y sus padres trabajaron de sol a sol para darle un futuro mejor. Valora tener un sueldo fijo, pero su trabajo le aburre profundamente. Los domingos por la tarde siente angustia y tristeza. Cada día es una tortura y le cuesta disfrutar incluso fuera del trabajo.
Marta es creativa y tiene muchas aficiones, pero siente que no tiene tiempo ni energía. Cuando alguien le dice “dedícate a lo que te gusta”, ni se lo plantea: no entra en su cabeza dejar un trabajo estable que tanto le costó conseguir.
Trabajar el trauma transgeneracional fue necesario para que Marta pudiera ver que su situación no era la de sus padres, y que lo que ellos necesitaron no es lo que ella necesita. Aprender a tomar riesgos calculados y descubrir que podía asumir ciertas pérdidas y fracasos fue el camino para darse permiso a tener espacio para la creatividad.
SESIÓN GRUPAL:
¿Por qué una sesión grupal? Las sesiones grupales tienen dos ventajas principales: nos ayudan a conocer otras realidades, no sentirnos solos en nuestro malestar y nutrirnos de la experiencia de otros; y, además, nos permiten trabajar aspectos de la terapia a un precio reducido.
¿En qué se diferencia de un taller? En un taller, la persona que lo dirige enseña algo, en una sesión se trabaja ese algo. Se da un espacio para compartir y se personalizan las herramientas a las necesidades de los participantes. De ahí que los grupos deban ser reducidos (máximo de 10 personas)
¿Qué aporta? Conocer cómo se relaciona en tu caso concreto tu ansiedad y malestar con tu apego y vivencias. Qué aprendizajes o heridas se están poniendo en marcha en el presente en el ámbito laboral. Un primer abordaje sobre ello para empezar a soltar esas limitaciones y poder funcionar de otra forma. Así como herramientas prácticas para el presente.
¿En qué consiste? Una única sesión online de 2 horas, aproximadamente, dirigido por mi, Alejandra Gabaldón, psicóloga especializada en trauma y apego. Cada persona tendrá un espacio para compartir y se realizarán ejercicios prácticos.
¿Cuánto cuesta? La sesión tiene un coste de 15€.
¿Cuándo se hará? Se hará el martes 24 de noviembre a las 18:00 (hora española, peninsular)
¿Cómo puedo apuntarme? Pinchando en "estoy interesado" y mandando un correo con tu nombre y apellidos, exponiendo tu interés por la sesión y una breve descripción del motivo para dar el paso. Una vez llegado al máximo, de plazas, el grupo de cerrará y no se admitirán más solicitudes.